Reconozco que nunca he sido un ferviente lector de Miguel Delibes, de la misma forma que reconozco que con su muerte se ha ido el último gran escritor de Literatura. ¿Escritor de Literatura? Me explico. Para quienes andamos por el ecuador de los cincuenta, hubo un punto inconcreto en la línea del tiempo, no muy remoto, en el que la Literatura con mayúsculas, dejó paso a una galopante betsellerización de libros comerciales, a una pléyade de literatura menor que hoy se pavonea por todos los escaparates de las librerías y convoca a oportunistas, escritores clientelares y profesionales del concurso amañado, cuyas obras caen en el más absoluto olvido apenas un mes después de su edición, pese a estar precedida por una verdadera fanfarria publicitaria. No sé si queda claro. Literatura con mayúsculas es El Hereje, por ejemplo; literatura liliputiense es La mirada del otro, de un tal Fernando Delgado, paradigma de la prosa ripio, del escritor falsario y el buscavidas nepotemizado por el gran amigo librero y editor. Hay otros muchos y muchas, pero no sigo porque van a creer que como uno escribe, malconvive con un rescoldo de despecho hacia la humanidad por no haber corrido a beber de sus vientos literarios. Nada más lejos de la realidad. Tengo muchos defectos. Pero estoy a salvo de los delirios de grandeza y de la envidia que es el verdadero cáncer del espíritu. Sólo que tengo un pronto rebelde que ya se me debería haber apaciguado con la edad. La impostura me revuelve las tripas.
Sigo. MIguel Delibes fue un gran escritor, uno de los grandes en lengua castellana. Tengo registrados en mi correspondencia de lector con el de Valladolid, Un Hombre, La Hoja Roja, y El Hereje. Obras como Las Ratas o Los Santos Inocentes, las ví en el cine. Una herejía, lo sé. Por eso me declaro que no he sido ferviente con este hombre universal y local, incómodo en los acartonados homenajes. Un lector ferviente de un autor se lee hasta las letras del banco de su admirado. Y sin embargo, Miguel Delibes, me recuerda un poco a nuestro Francisco García Pavón, con quien tuve la osadía de compararlo cuando la presentación de Plinio y la banda menguante, el musical cuyo libreto escribí, un poco para desempolvar a “nuestro Delibes”. Lo hice a conciencia. Y salvando las distancias no creo que la comparación sea disparatada. Ambos vivieron el exilio interior y ambos se mantuvieron apegados al terruño, pese a sus compromisos, y ambos extrajeron del contorno inmediato de su universo rural y provinciano el mejor lenguaje, personajes universales. De hecho, y salvando igualmente las distancias, los dos grandes castellano-manchegos que en la ficción han habido son Don Quijote y Plinio. Busquen, busquen… Por eso y volviendo a la Literatura Mayor y la literatura menor y a los charlatanes del libro exprés de usar y olvidar, me acuerdo de un concurso. Tomelloso, mediados de los 90, no recuerdo exactamente el año-está en las hemerotcas-un concurso nacional de narrativa que organizado por el Ayuntamiento de Tomelloso, llevaba el nombre de Francisco García Pavón. Yo acababa de escribir Balneario y como pasaba por alli, quiero decir como me pillaba de paso, lo presenté. Por supuesto el premio estaba infamemente amañado. Y me rebelé. Después de investigar escribí en Lanza un articulo con nombres y apellidos titulado Yo acuso, aun a sabiendas de que me iba a granjear el sambenito de malperdedor -nada más lejos de la realidad, soy un perdedor estupendo-. Lo hice porque me sublevó que un concurso con el nombre de Pavón naciera contaminado y manipulado. Me he presentado a dos concursos en mi vida. Este y al de Novela Histórica de CCM, la pobre, con “Malraux entre las balas” que pueden leer en este blog. Desde entonces le tomé simpatía a nuestro paisano. Miguel Delibes, el hombre cabal y el escritor íntegro, me lo ha recordado. Y como nunca es tarde lo mismo me pongo a ello. Quiero decir a leer lo que me falta. Milana bonita.
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