Los pulmones del alma
Juan Manuel Serrat tenía los piños podridos. Lo comprobé hace unos cuantos años cuando lo entrevisté durante el ensayo de su concierto en el Quijano. Y además olía a tigre de Almagro. No iba a oler. Una y otra vez dándole al nací en el Mediterráneo. Y además le miré las orejas. ¡¡Tenía cerilla, el monstruo!! Desde entonces lo adoro, lo adoro más, quiero decir, desde que sé que los mitos no son traslúcidos, ingrávidos y bienolientes sino todo lo contrario. Algunos mitos, claro.
No me imagino a Madonna atendiendo a la prensa apestando a bacalado de bilbado. La noticia del día es que a Serrat lo han operado de un tumor en un pulmón. Sí ya sé que ha muerto Miguel Delibes, pero a Serrat lo han operado de una lenteja podrida en la cosa de respirar. ¿Algún problema? Dicen que apenas detectarlo, saltó de un hale hop al quirófono con guitarra en bandolera para ir trasteando durante la muerte interina de la anestesia. Más que nada para que la guitarra esté a la altura del padre del Perito en Lunas, a quien le dedica las próximas giras por su centenario. Y mira que es difícil después de su primer álbum dedicado al poeta que asombró a Neruda. Todavía se me encoge el corazón cuando escucho Pueblo Blanco. Sólo una sensibilidad de otro mundo puede plasmar el tedio milenario de un pueblo remoto con esa ternura implacable, con ese desafecto miserable . “Juro por lo que fui que me iría de aquí, pero los muertos están en cautiverio, y no nos dejan salir del cementerio… Lloro, de hecho ahora mismo me estoy corriendo por los ojos, que las lágrimas son el orgasmo del alma. Como los pulmones de este cuenta historias, del mismo alma desalmada. Si lo consigo, porque soy torpe para el manoseo de la virtualidad, les pongo, les cuelgo, o como se llame, un video youtubiario del temita que le digo. Venga, Serrat, mierda a borbotones.
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